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Esto no es una historia de amor
Jose A. Pérez Ledo

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Cicatriz
Juan Gómez-Jurado

Reseñas

  • Título: Una casa respetable
  • Autor : Jaime Molina
  • Editorial: Sepha
  • Año de edición: 2013
  • Páginas: :281
  • ISBN: 978-84-15819-16-5

Una casa respetable es el segundo libro que ha publicado la editorial Sepha del escritor español Jaime Molina. El derrumbamiento de una gran mansión abandonada en Granada es el punto de partida de una historia sobre quién mandó construirla y de dos de sus descendientes. La familia sobre la que trata la novela son los Navoa. Celestino (padre), Horacio (hijo) y Aquilino (nieto). Los personajes y todo lo que les sucede es totalmente realista. El autor mezcla personajes ficticios con personajes reales lo que por momentos hacía que dudara si la historia había sido real o no. Buscando sobre la familia en la red pude comprobar que nunca han existido. El hecho de que la historia se cuente a través de memorias y relatos le dota de más veracidad aún. Todos los personajes están bien dibujados pero no se profundiza en ellos tanto como me gustaría. Considero que todos hablan de la misma forma y excepto por lo que dicen no se distingue bien a unos de otros. Me ha gustado especialmente la primera parte de la novela por lo cinematográfica que resulta. El autor mantiene el interés capítulo a capítulo, siempre quieres saber más de los protagonistas. Engancha lo suficiente para en la segunda parte devorar las cartas sacando todo el jugo y toda la información que sobre la continuación de la historia aportan. La recomiendo por lo original y divertido del planteamiento. No la recomiendo a quienes prefieran que les cuenten una historia sin más.

Reseña enviada por Andrés Rodríguez Rodríguez


Fragmento

Cuentan que el día que Celestino Navoa desembarcó en el puerto de La Habana lo hizo con lo puesto, sin ningún equipaje adicional. Después de una larga travesía en tercera clase, después de padecer toda serie de humillaciones y penurias, arribó por fin al puerto de una tierra que, según se contaba, era rica y generosa. Nada más desembarcar, sin embargo, la impresión recibida fue muy diferente. Los estibadores acarreaban fardos como mulas, los capataces esgrimían látigos con los que amedrentaban a sus subalternos. Por el puerto circulaba toda clase de pillos, rateros, timadores, tahúres, truhanes, dipsómanos y rameras, que conferían una atmósfera lúgubre al lugar. Ante aquel panorama, Celestino sintió un deseo irreprimible de llorar. Dicen que entonces bajó la mirada y se cubrió el rostro con ambas manos, no sólo porque no le gustara lo que estaba viendo, sino porque, lo que era aún peor, no era lo que esperaba ver. Con aquel simple gesto quería ocultar la vergüenza de sus lágrimas, la vergüenza que sentía por el género humano, la vergüenza que sentía por sí mismo. En lo más profundo de su ser había creído firmemente que la tierra que ahora lo recibía no solamente debía de ser próspera, sino que sería un paraíso. Creyó o quiso creer en esa idea, y había alimentado la esperanza de que la desgracia quedaría definitivamente desterrada de su vida en cuanto hubiera puesto el pie en la isla de Cuba. Pero lo primero que encontró fue lo mismo que había dejado en el viejo continente. Sólo entonces, tras aquel primer desengaño, comprendió o creyó comprender que la miseria no tenía fronteras, que su viaje había sido en vano, que aquel sueño había sido súbitamente quebrantado. El segundo golpe vino unos minutos después, cuando unos rateros lo cercaron y le robaron lo poco que llevaba. Desesperado, comenzó a gritar, implorando auxilio, pidiendo desesperadamente una ayuda que nadie le iba a ofrecer. Escenas como ésa eran demasiado cotidianas para que la gente que deambulaba por el puerto les concediera demasiada importancia.

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