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Los noctívagos demacrados no sabían hablar inglés

 


por Sergio del Molino
Testamento profesional del para algunos legendario Paul Naschy y gran esperanza blanca del género de terror español, el estreno de ‘La herencia Valdemar’ ha quitado las telarañas a los libros de H. P. Lovecraft. Una pena, porque las telarañas y el polvo les sentaban muy bien (’Narrativa completa’ del autor en castellano en la colección Gótica de la editorial -cómo no- Valdemar, en dos angustiosos tochos de unas mil páginas cada uno).

Lovecraft es de los pocos escritores de terror que siguen dando miedo casi cien años después de publicar sus relatos. Pero da más miedo él que su literatura. Es decir: aterrorizan mucho más los procesos mentales y vitales que le llevaron a componer sus mitología de monstruos.

Buena parte de la crítica está de acuerdo -y mira que es muy difícil que estos tipos se den la razón unos a otros en algo- en que las terribles bestias que pululan por los mitos de Cthulhu, el mundo imaginario de Lovecraft, eran en realidad inmigrantes italianos, judíos y menesterosos rusos. Vamos, que sus cuentos son una versión sublimada de ‘Mein Kampf’, una expresión del racismo visceral e incontenible del escritor, que no soportaba ver el suelo de su arcádica y ‘wasp’ Nueva Inglaterra hollado por esos extranjeros sucios, que no sabían hablar inglés o que lo chamullaban con acentos mascullantes y rumiantes.

La versión oficial dice que las criaturas de Cthulhu surgieron de unos seres llamados “noctívagos demacrados”: entes horripilantes con cuernos y rabo que poblaban las pesadillas de Lovecraft cuando era niño. Cuando creció, vio los atributos de esos noctívagos en los currantes pobres y los rabinos ensimismados que paseaban por las calles de su pueblo, y los condenó al infierno de su literatura. ¿A que ahora quien da miedo es el escritor?

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Hasta aquí, el texto del artículo de mi columna Los Famas, que se publica en el suplemento Muévete de este más que centenario periódico. En el papel, el espacio está constreñido, pero como aquí tengo el campo libre para que las palabras pasten y engorden a sus anchas, dejadme aclarar un par de cositas que creo necesarias y que, por razones de concisión, no he podido contar en esta columnita.

He hablado del racismo de H. P. Lovecraft, pero no he explicado que era un racismo fruto de una asocialidad patológica y que no procedía de ninguna convicción política, pues dudo que el pobre y solitario escritor gastara de eso. Lovecraft creció y vivió a las faldas de una madre hiperprotectora y muy autoritaria, orgullosa de pertenecer a una de las familias originarias de las Siete Colonias y fundadora, por tanto, de Estados Unidos. Le transmitió a su hijo el orgullo de pertenecer a esa estirpe y la imperiosa necesidad de no mezclarse con la chusma de ultramar que estaba mancillando el sueño ‘wasp’ (white, anglosaxon and protestant) de su patria.

Con el tiempo, el débil y enfermizo niño Lovecraft se convirtió en un adulto enclaustrado y asustadizo, que tenía miedo hasta del aire que respiraba, que no se sentía a salvo más que en su casa y que redujo sus contactos con el cruel mundo a un mínimo de supervivencia. Su única vida social eran las cartas que escribía a sus admiradores, a editores y a colegas escritores y que sustituían en él el placer de la conversación y del verdadero contacto físico y afectuoso con otros congéneres. Pese a lo que pueda parecer en el artículo, Lovecraft no era un Hitler, sino un pobre hombre enfermo y solitario que no entendía el mundo que le había tocado vivir, que para él se parecía mucho a las pesadillas de sus cuentos. Lovecraft estaba más cerca de Norman Bates que de Adolf Hitler, aunque, a diferencia de ambos, jamás le hizo daño a nadie ni postuló públicamente que se hiciera daño a nadie. Lovecraft, en fin, habría sido más feliz en estos tiempos de internet, que le habría permitido ampliar su visión del mundo sin salir de la penumbra de su cuarto y habría mitigado su angustia y su soledad.

Eso sí, qué cuentos más chulos escribió el condenado.
 

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